jueves, 12 de septiembre de 2013

Espanha: Se repiten peligrosamente los "ticks" de sus enemigos...que acabarán igual de derrotados pero entretanto..

La situación inicial de la república cambió en solo dos años y medio. En las elecciones de noviembre de 1933 las nuevas derechas, agrupadas en torno a la CEDA, y los republicanos moderados de Lerroux, ganaron ampliamente las elecciones. También la Lliga se rehízo y superó en diputados a la Esquerra. Sin embargo, la victoria derechista no fue aceptada por la izquierda. Azaña y otros propiciaron un golpe de estado para impedir la reunión de las nuevas Cortes. La Esquerra, en retroceso frente a la Lliga, se colocó "en pie de guerra", como decía un editorial de su diario La Humanitat (12).
En los meses siguientes el PSOE y la Esquerra organizaron un golpe de fuerza contra el poder legítimo. El golpe se produjo a principios de octubre de 1934, al entrar en el gobierno tres ministros de la CEDA. La CEDA, como partido más votado, tenía derecho no ya a participar, sino a presidir el gobierno, pero hasta entonces había renunciado, a fin de calmar las tensiones políticas. Solo decidió entrar cuando la situación se volvió crítica y preinsurreccional, y aun entonces lo hizo en tres ministerios secundarios y con políticos que pudieran tranquilizar a las izquierdas. Sin embargo éstas pretextaron que la entrada de la CEDA constituía un "golpe fascista", cosa falsa como ellos sabían perfectamente, y se lanzaron a una sangrienta rebelión, que, antes de fracasar, causó más de 1.300 muertos, sobre todo en Asturias, y también un número considerable en Barcelona, Madrid y otros lugares. Para desencanto de la Esquerra, la casi totalidad de los catalanes ignoró sus apasionados llamamientos a las armas y apoyó de hecho la legalidad constitucional.
Esa rebelión marcó la ruina de la república. Fue la ruptura del orden democrático y de la convivencia social, es decir, fue el comienzo de la guerra civil, como bien vio G. Brenan. Tras la derrota, tanto la Esquerra como el PSOE pretendieron que se había tratado de una rebelión popular espontánea, en la que ellos habían desempeñado un papel secundario. Esa versión invertía la realidad, pues había sido la población la que espontáneamente había desoído el llamamiento bélico de los partidos. Hoy conocemos bastante bien los minuciosos preparativos insurreccionales de unos y otros. La Esquerra, en particular, utilizó fraudulentamente las instituciones autonómicas para organizar una larga serie de acciones subversivas, y provocar entre la población un estado de ánimo propicio a la revuelta. También el PNV colaboró en las maniobras de desestabilización previas a octubre, formándose una extraña alianza entre un partido en extremo clerical y otros dos extremadamente antirreligiosos. Esa alianza se reproduciría en 1936, al recomenzar la guerra. En conclusión, hay pocas dudas de que la Esquerra contribuyó decisivamente a la destrucción del orden democrático y republicano, y que el PNV participó en esa destrucción de modo significativo.
Pese a su derrota, ni la Esquerra ni el PSOE cambiaron en lo fundamental los planteamientos que les habían llevado a la rebelión de octubre del 34. Al ganar el Frente Popular las elecciones de febrero de 1936, los partidos de izquierda trataron de suprimir políticamente a la derecha, aunque cada uno con objetivos diferentes. Los republicanos de Azaña y los socialistas de Prieto querían reducir a la CEDA a la impotencia, a un papel testimonial y seudolegitimador del sistema, mientras los comunistas presionaban al gobierno para que aplastasen definitivamente a la derecha, lo que abriría las compuertas de la revolución. Por su parte, los socialistas de Largo Caballero veían en el Frente Popular una palanca para imponer cuanto antes la llamada dictadura proletaria. Estas actitudes se tradujeron en oleadas de asesinatos, asaltos a locales políticos y periódicos conservadores, quema de iglesias, etc. Los líderes derechistas Gil-Robles y Calvo Sotelo fueron amenazados de muerte en pleno Parlamento cuando exigieron que el gobierno controlase el orden público. Todo ello rompía la legalidad y la convivencia. Un sector del ejército fue preparando una rebelión. El 13 de julio, un equipo de policías y milicianos socialistas asesinó a Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. Unos días después la derecha se sublevó, reanudándose la guerra. España quedó dividida en dos zonas, en las dos se vino abajo la república y en las dos hubo que poner en pie sendos estados y ejércitos nuevos. El Frente Popular se proclamó republicano, por motivos de oportunismo político, pero nada tenía en común con la república del 14 de abril (13).
Como el golpe iniciado el 17 de julio dejó a los sublevados en pésima situación, las fuerzas izquierdistas y nacionalistas, dando por segura la victoria, comenzaron una pugna entre ellas por asegurarse cada una posiciones de poder frente a sus socios. Azaña narra en sus diarios cómo laEsquerra, nuevamente aliada con los anarquistas, usurpó todos los órganos del poder, rompiendo el estatuto e implantando una semiindependencia de hecho, y el 29 de julio del 37 resume en su diario: "Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalidad y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al dominio público". Algunos nacionalistas han presentado estos actos como un modo de salvar la legalidad republicana, pretensión tan improbable como sus explicaciones, ya aludidas, sobre la rebelión de octubre de 1934.
Al PNV se le presentó un dilema: apoyar a los rebeldes, católicos como él, o al Frente Popular, que había desatado la más sangrienta persecución contra el cristianismo desde el Imperio romano. Un sector del partido optó por los rebeldes, pero la mayoría, creyendo en la victoria del Frente Popular, aceptó el estatuto de autonomía ofrecido por éste. A continuación pasó por encima del estatuto con el mismo entusiasmo que la Esquerra. Lo reconocía el PNV, algo brutalmente, ante las protestas del gobierno, establecido en Valencia: "Es ciertamente ocioso hablar de una legalidad, porque ésta ha sido superada, no solo en el terreno autonómico, sino en tantos aspectos distintos". Prieto, angustiado y furioso, escribía a Aguirre, presidente del gobierno de Vizcaya: "No llame usted con eufemismo abogadesco superación constitucional a lo que son vulneraciones constitucionales.", y criticaba " esos pujos a que se sienten ustedes tan inclinados de adquirir internacionalmente una personalidad como Estado".
Claro que las izquierdas también obtenían beneficios, como les recordaba el PNV: el trato permitía mantener el culto en las iglesias vizcaínas, y "la República se ha valido en sus propagandas exteriores" de este hecho "para demostrar en frente de la propaganda tendenciosa extendida en el extranjero" que la persecución religiosa tenía poca importancia. Llamar propaganda tendenciosa a la denuncia del asesinato masivo de clérigos y creyentes era sorprendente en un partido católico. Otro dato significativo: al ocupar Guipúzcoa, los navarros fusilaron a 14 sacerdotes por su actividad separatista. El PNV desató al respecto una gran campaña internacional de protestas y denuncias, apoyada por las izquierdas. Sin embargo también hubo en Vizcaya una cierta persecución religiosa, y cayeron allí 45 sacerdotes, aparte de otros cientos de curas vascos masacrados en el resto del país. Sobre todos ellos el PNV mantuvo notable discreción, en prueba de lealtad a sus aliados (14).
Pero la actitud del PNV fue cambiando conforme percibió que el vencedor no iba a ser el Frente Popular. Cuando Franco tomó Bilbao, los nacionalistas garantizaron la entrega al enemigo, intacta, de la industria pesada, esencial para el esfuerzo de guerra. Los "gudaris" impidieron a las izquierdas destruirla. Poco después, los dirigentes del partido trataron con Franco a través de los italianos, pidiendo una rendición por separado. Con ello dejaban en posición insostenible a los izquierdistas que habían defendido Vizcaya codo a codo con los nacionalistas. Y fueron más allá: indicaron a los italianos vías de ataque contra los asturianos y santanderinos, sus camaradas de armas de la víspera, ignorantes, claro está, de tales tratos (15).
En el Frente Popular terminaron imponiéndose las tesis disciplinarias y centralizadoras del Partido Comunista, el cual derribó del gobierno a Largo Caballero. Le sucedió Negrín, totalmente compenetrado con las posiciones de Stalin y del PCE. Casi simultáneamente con la caída de Vizcaya, el poder central se afianzó en Cataluña, tras las jornadas de mayo de 1937, que constituyeron una pequeña guerra civil entre los mismos izquierdistas. En ella perdieron los anarquistas y el POUM, cuyos militantes fueron perseguidos, a menudo torturados y asesinados por los comunistas. A las vulneraciones del estatuto catalán cometidas por la Esquerra sucedieron entonces vulneraciones en sentido contrario por parte del gobierno de Negrín. La Esquerra pasó a refugiarse en una resistencia pasiva y resentida.
Durante la batalla del Ebro, en otoño de 1938, los nacionalistas catalanes y vascos, dando la guerra por perdida, recurrieron a Londres, a espaldas del gobierno presentándose como jefes de estado. Proponían crear un estado vasco y otro catalán o catalanoaragonés, bajo protección británica el primero, y francesa el otro. Se trataba de una traición en toda regla al régimen a cuyo lado se mantenían exteriormente, y no prosperó porque Londres hizo caso omiso de ellos (16).
Desde el principio Negrín se había quejado a Azaña: "Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca (...) españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderemos nosotros, o nuestros hijos (...) Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco" (17). El balance de la aportación de estos nacionalismos a la defensa del Frente Popular fue, con toda probabilidad, negativo.
El final de la guerra condujo a un ocaso del PNV y la Esquerra. Como los demás partidos de la república, quedaron desprestigiados, debido, entre otras razones, a los odios mutuos, capaces de encender dos guerras civiles entre ellos, dentro de la guerra civil general. En Cataluña y Vasconia no existió resistencia nacionalista durante la etapa más dura del franquismo. Sólo los comunistas, y en menor grado algunos anarquistas, lucharon contra el nuevo régimen. Ya en los años sesenta, cuando el régimen se había liberalizado notablemente, surgió en España el fenómeno del diálogo y colaboración entre comunistas y grupos influyentes de la Iglesia católica. Fenómeno históricamente nuevo, aunque el PNV se adelantó a él durante la guerra. Esa colaboración remozó algo al PNV e hizo surgir nuevos nacionalismos de orientación cristiana, muy comprensivos, y a veces muy próximos, a los totalitarismos de izquierdas. Sectores eclesiásticos jugaron un papel muy importante de apoyo a partidos comunistas y a la ETA. En Cataluña, los nuevos nacionalistas aprovecharon la creciente tolerancia del régimen para practicar lo que, exagerando, llamarían luego "resistencia cultural". Resistencia molesta para el franquismo, aunque no demasiado, y en general consentida, salvo por golpes represivos menores. La preocupación básica del régimen eran los comunistas, mucho más efectivos y organizados, y el nacionalismo catalán se articuló en buena medida, ya en los años 70, en torno a la Asamblea de Cataluña, dirigida por el PSUC, la sección más stalinista del PCE, la más reacia a abandonar el leninismo.
El fenómeno de la colaboración de católicos y totalitarios marxistas, crucial en el desarrollo político posterior de España, siguió un camino especial en el País Vasco. La resistencia del PNV al franquismo tuvo tan poca relevancia como la de los nacionalistas catalanes, pero allí la colaboración no siguió el modelo de Cataluña, sino que se plasmó en la formación de ETA, también en la época aperturista de la dictadura. La ETA tenía una doble raíz, peneuvista (cristiana) y marxista, y optó enseguida por el terrorismo, como medio para provocar un incremento de la represión que movilizara a las masas, según la conocida espiral "acción-represión-más acción". La ETA gozó durante muchos años, incluso bien entrada la democracia, del apoyo, o al menos la simpatía, de casi toda la izquierda, de amplios grupos del clero, no solo en Vasconia –donde continúa–, y de la muy importante protección de hecho dispensada por el estado francés. El PNV, aunque renuente en unos momentos y temeroso en otros, vio en el terrorismo un instrumento útil para sus fines, y su política general al respecto puede definirse como de connivencia cautelosa. Este conjunto de circunstancias favorables ha hecho de la ETA un factor de considerable peso en la historia española reciente.
Por lo tanto, bajo el régimen de Franco los nacionalismos tradicionales fueron básicamente inoperantes, sus raíces con el pasado se debilitaron en Vasconia y casi desaparecieron en Cataluña. Los nuevos nacionalismos surgieron en buena medida de la colaboración cristiano-marxista, o tomaron de ella rasgos novedosos, incluyendo el terrorismo o el respaldo a éste. Novedad en parte, pues ya antes de la guerra el nacionalismo catalán apoyó en varios momentos al terrorismo ácrata, recibiendo a cambio el apoyo de la CNT en momentos decisivos como las elecciones de 1931 y 1936.
Muerto Franco en 1975, los partidos se reorganizaron a toda prisa y, al calor del cambio, varios lograron fuerza de masas. Quedaron hundidos muchos grupos definitorios de la república, como los republicanos, la Esquerra o los anarquistas, y los comunistas y socialistas hubieron de abandonar sus postulados marxistas o leninistas. La transición democrática salió del propio franquismo, mediante la reforma, opuesta a la ruptura pretendida por la oposición. El nuevo poder ofreció a los nacionalistas estatutos muy superiores a los de la república, esperando diluir así sus rasgos separatistas. Esa esperanza no se ha cumplido, y el problema se ha agravado progresivamente.
Así, en el País Vasco existe hoy una situación próxima a la deseada por Sabino Arana, de creciente fractura social y enemistad entre los "buenos vascos", dóciles a una intensa propaganda no replicada durante veinte años, y los demás vascos y españoles. Gran parte de la población se siente amenazada, habiéndose cometido cientos de asesinatos y viéndose forzados a emigrar miles de malos vascos. El terrorismo, en simbiosis con la política del PNV (expresada en la célebre "recogida de nueces", de Arzallus), ha creado una situación que limita o anula en la práctica las libertades y el estado de derecho.
En cuanto a Cataluña, el objetivo de hacer de España un simple nombre geográfico ha avanzado. La propaganda nacionalista, no menos omnipresente que la del PNV en Vasconia, y flanqueada a veces por la violencia, ha difundido sentimientos de fractura que pueden conducir a serias crisis en los próximos años. Los nuevos nacionalistas, de origen más o menos democristiano, parecen más próximos a la tradición de la Esquerra que a la de la Lliga. Han procurado imbuir a las nuevas generaciones una psicología victimista y exclusivista, minimizando o desacreditando el carácter y la tradición española de Cataluña, y aplicando una política similar a la del franquismo, aunque al revés: proscribir el español común de los ámbitos oficiales o reducirlo al máximo posible en la enseñanza, con el pretexto de que "el catalán es el idioma propio de Cataluña", pese a que el castellano es hablado normalmente por la mitad de la población. Etc. En ambas comunidades se ha construido un fuerte entramado de intereses económicos y políticos que neutralizan o amenguan la pluralidad y la libertad de los ciudadanos.
Aunque una síntesis como ésta no permite entrar en detalles y matices, puede afirmarse, como resumen, que los nacionalismos vasco y catalán han crecido aprovechando las etapas de democracia o de libertades. Este hecho no significa que hayan contribuido a la libertad política en el conjunto de España o en sus respectivas comunidades, pues sus concepciones y teorías básicas lo hacían muy difícil o imposible. Al contrario, fomentaron en todo momento la fractura y el resentimiento social, y socavaron el régimen de la Restauración primero, y luego la República, mientras que bajo la actual democracia han establecido sistemas clientelares y aplicado políticas cuyo peligro para las libertades crece de año en año.
Por otra parte, aunque han utilizado siempre en su provecho el sistema de libertades, tampoco han ayudado a traerlo mediante una oposición seria a las dictaduras. En realidad, al socavar la Restauración y la legalidad republicana, contribuyeron poderosamente a traer las dictaduras de Primo y de Franco, y, una vez instaladas éstas, nunca les ofrecieron una resistencia digna de ese nombre. La excepción de la ETA, durante la época más suave del franquismo, no es tal, puesto que el objetivo de esta organización, de ideas abiertamente totalitarias, en ningún momento fue asentar la democracia, sino, por el contrario, sabotearla, como por lo demás ha comprobado la historia.
Desde un punto de vista histórico general cabe interpretar estos nacionalismos como intentos de invertir la tendencia unitaria española prevaleciente desde hace 500 años – una vez superada la fragmentación impuesta por la invasión islámica–, y de establecer sistemas no democráticos. En cierto sentido los nacionalismos son un intento de vuelta a la Edad Media, que redundaría en una especie de balcanización de España.

1 comentario:

  1. http://www.abc.es/espana/20130912/abci-diada-pierde-adeptos-201309112004.html#.UjF0QILrooo.facebook

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