La situación inicial de la república cambió en solo dos años y medio.
En las elecciones de noviembre de 1933 las nuevas derechas, agrupadas en
torno a la CEDA, y los republicanos moderados de Lerroux, ganaron
ampliamente las elecciones. También la
Lliga se rehízo y superó en diputados a la
Esquerra.
Sin embargo, la victoria derechista no fue aceptada por la izquierda.
Azaña y otros propiciaron un golpe de estado para impedir la reunión de
las nuevas Cortes. La
Esquerra, en retroceso frente a la Lliga, se colocó "en pie de guerra", como decía un editorial de su diario
La Humanitat (12).
En los meses siguientes el PSOE y la
Esquerra organizaron un
golpe de fuerza contra el poder legítimo. El golpe se produjo a
principios de octubre de 1934, al entrar en el gobierno tres ministros
de la CEDA. La CEDA, como partido más votado, tenía derecho no ya a
participar, sino a presidir el gobierno, pero hasta entonces había
renunciado, a fin de calmar las tensiones políticas. Solo decidió entrar
cuando la situación se volvió crítica y preinsurreccional, y aun
entonces lo hizo en tres ministerios secundarios y con políticos que
pudieran tranquilizar a las izquierdas. Sin embargo éstas pretextaron
que la entrada de la CEDA constituía un "golpe fascista", cosa falsa
como ellos sabían perfectamente, y se lanzaron a una sangrienta
rebelión, que, antes de fracasar, causó más de 1.300 muertos, sobre todo
en Asturias, y también un número considerable en Barcelona, Madrid y
otros lugares. Para desencanto de la
Esquerra, la casi
totalidad de los catalanes ignoró sus apasionados llamamientos a las
armas y apoyó de hecho la legalidad constitucional.
Esa rebelión marcó la ruina de la república. Fue la ruptura del orden
democrático y de la convivencia social, es decir, fue el comienzo de la
guerra civil, como bien vio G. Brenan. Tras la derrota, tanto la
Esquerra como el PSOE pretendieron que se había tratado de una rebelión
popular espontánea, en la que ellos habían desempeñado un papel
secundario. Esa versión invertía la realidad, pues había sido la
población la que espontáneamente había desoído el llamamiento bélico de
los partidos. Hoy conocemos bastante bien los minuciosos preparativos
insurreccionales de unos y otros. La
Esquerra, en particular,
utilizó fraudulentamente las instituciones autonómicas para organizar
una larga serie de acciones subversivas, y provocar entre la población
un estado de ánimo propicio a la revuelta. También el PNV colaboró en
las maniobras de desestabilización previas a octubre, formándose una
extraña alianza entre un partido en extremo clerical y otros dos
extremadamente antirreligiosos. Esa alianza se reproduciría en 1936, al
recomenzar la guerra. En conclusión, hay pocas dudas de que la
Esquerra contribuyó
decisivamente a la destrucción del orden democrático y republicano, y
que el PNV participó en esa destrucción de modo significativo.
Pese a su derrota, ni la
Esquerra ni el PSOE cambiaron en lo
fundamental los planteamientos que les habían llevado a la rebelión de
octubre del 34. Al ganar el Frente Popular las elecciones de febrero de
1936, los partidos de izquierda trataron de suprimir políticamente a la
derecha, aunque cada uno con objetivos diferentes. Los republicanos de
Azaña y los socialistas de Prieto querían reducir a la CEDA a la
impotencia, a un papel testimonial y seudolegitimador del sistema,
mientras los comunistas presionaban al gobierno para que aplastasen
definitivamente a la derecha, lo que abriría las compuertas de la
revolución. Por su parte, los socialistas de Largo Caballero veían en el
Frente Popular una palanca para imponer cuanto antes la llamada
dictadura proletaria. Estas actitudes se tradujeron en oleadas de
asesinatos, asaltos a locales políticos y periódicos conservadores,
quema de iglesias, etc. Los líderes derechistas Gil-Robles y Calvo
Sotelo fueron amenazados de muerte en pleno Parlamento cuando exigieron
que el gobierno controlase el orden público. Todo ello rompía la
legalidad y la convivencia. Un sector del ejército fue preparando una
rebelión. El 13 de julio, un equipo de policías y milicianos socialistas
asesinó a Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. Unos días
después la derecha se sublevó, reanudándose la guerra. España quedó
dividida en dos zonas, en las dos se vino abajo la república y en las
dos hubo que poner en pie sendos estados y ejércitos nuevos. El Frente
Popular se proclamó republicano, por motivos de oportunismo político,
pero nada tenía en común con la república del 14 de abril (13).
Como el golpe iniciado el 17 de julio dejó a los sublevados en pésima
situación, las fuerzas izquierdistas y nacionalistas, dando por segura
la victoria, comenzaron una pugna entre ellas por asegurarse cada una
posiciones de poder frente a sus socios. Azaña narra en sus diarios cómo
la
Esquerra, nuevamente aliada con los anarquistas, usurpó
todos los órganos del poder, rompiendo el estatuto e implantando una
semiindependencia de hecho, y el 29 de julio del 37 resume en su diario:
"Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalidad y
consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al
dominio público". Algunos nacionalistas han presentado estos actos como
un modo de salvar la legalidad republicana, pretensión tan improbable
como sus explicaciones, ya aludidas, sobre la rebelión de octubre de
1934.
Al PNV se le presentó un dilema: apoyar a los rebeldes, católicos como
él, o al Frente Popular, que había desatado la más sangrienta
persecución contra el cristianismo desde el Imperio romano. Un sector
del partido optó por los rebeldes, pero la mayoría, creyendo en la
victoria del Frente Popular, aceptó el estatuto de autonomía ofrecido
por éste. A continuación pasó por encima del estatuto con el mismo
entusiasmo que la
Esquerra. Lo reconocía el PNV, algo
brutalmente, ante las protestas del gobierno, establecido en Valencia:
"Es ciertamente ocioso hablar de una legalidad, porque ésta ha sido
superada, no solo en el terreno autonómico, sino en tantos aspectos
distintos". Prieto, angustiado y furioso, escribía a Aguirre, presidente
del gobierno de Vizcaya: "No llame usted con eufemismo abogadesco
superación constitucional a lo que son vulneraciones constitucionales.",
y criticaba " esos pujos a que se sienten ustedes tan inclinados de
adquirir internacionalmente una personalidad como Estado".
Claro que las izquierdas también obtenían beneficios, como les
recordaba el PNV: el trato permitía mantener el culto en las iglesias
vizcaínas, y "la República se ha valido en sus propagandas exteriores"
de este hecho "para demostrar en frente de la propaganda tendenciosa
extendida en el extranjero" que la persecución religiosa tenía poca
importancia. Llamar propaganda tendenciosa a la denuncia del asesinato
masivo de clérigos y creyentes era sorprendente en un partido católico.
Otro dato significativo: al ocupar Guipúzcoa, los navarros fusilaron a
14 sacerdotes por su actividad separatista. El PNV desató al respecto
una gran campaña internacional de protestas y denuncias, apoyada por las
izquierdas. Sin embargo también hubo en Vizcaya una cierta persecución
religiosa, y cayeron allí 45 sacerdotes, aparte de otros cientos de
curas vascos masacrados en el resto del país. Sobre todos ellos el PNV
mantuvo notable discreción, en prueba de lealtad a sus aliados (14).
Pero la actitud del PNV fue cambiando conforme percibió que el vencedor
no iba a ser el Frente Popular. Cuando Franco tomó Bilbao, los
nacionalistas garantizaron la entrega al enemigo, intacta, de la
industria pesada, esencial para el esfuerzo de guerra. Los "gudaris"
impidieron a las izquierdas destruirla. Poco después, los dirigentes del
partido trataron con Franco a través de los italianos, pidiendo una
rendición por separado. Con ello dejaban en posición insostenible a los
izquierdistas que habían defendido Vizcaya codo a codo con los
nacionalistas. Y fueron más allá: indicaron a los italianos vías de
ataque contra los asturianos y santanderinos, sus camaradas de armas de
la víspera, ignorantes, claro está, de tales tratos (15).
En el Frente Popular terminaron imponiéndose las tesis disciplinarias y
centralizadoras del Partido Comunista, el cual derribó del gobierno a
Largo Caballero. Le sucedió Negrín, totalmente compenetrado con las
posiciones de Stalin y del PCE. Casi simultáneamente con la caída de
Vizcaya, el poder central se afianzó en Cataluña, tras las jornadas de
mayo de 1937, que constituyeron una pequeña guerra civil entre los
mismos izquierdistas. En ella perdieron los anarquistas y el POUM, cuyos
militantes fueron perseguidos, a menudo torturados y asesinados por los
comunistas. A las vulneraciones del estatuto catalán cometidas por la
Esquerra sucedieron entonces vulneraciones en sentido contrario por parte del gobierno de Negrín. La
Esquerra pasó a refugiarse en una resistencia pasiva y resentida.
Durante la batalla del Ebro, en otoño de 1938, los nacionalistas
catalanes y vascos, dando la guerra por perdida, recurrieron a Londres, a
espaldas del gobierno presentándose como jefes de estado. Proponían
crear un estado vasco y otro catalán o catalanoaragonés, bajo protección
británica el primero, y francesa el otro. Se trataba de una traición en
toda regla al régimen a cuyo lado se mantenían exteriormente, y no
prosperó porque Londres hizo caso omiso de ellos (16).
Desde el principio Negrín se había quejado a Azaña: "Aguirre no puede
resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar
siquiera su nombre. Yo no he sido nunca (...) españolista ni patriotero.
Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a
España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderemos nosotros,
o nuestros hijos (...) Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían
por dar la razón a Franco" (17). El balance de la aportación de estos
nacionalismos a la defensa del Frente Popular fue, con toda
probabilidad, negativo.
El final de la guerra condujo a un ocaso del PNV y la
Esquerra.
Como los demás partidos de la república, quedaron desprestigiados,
debido, entre otras razones, a los odios mutuos, capaces de encender dos
guerras civiles entre ellos, dentro de la guerra civil general. En
Cataluña y Vasconia no existió resistencia nacionalista durante la etapa
más dura del franquismo. Sólo los comunistas, y en menor grado algunos
anarquistas, lucharon contra el nuevo régimen. Ya en los años sesenta,
cuando el régimen se había liberalizado notablemente, surgió en España
el fenómeno del diálogo y colaboración entre comunistas y grupos
influyentes de la Iglesia católica. Fenómeno históricamente nuevo,
aunque el PNV se adelantó a él durante la guerra. Esa colaboración
remozó algo al PNV e hizo surgir nuevos nacionalismos de orientación
cristiana, muy comprensivos, y a veces muy próximos, a los
totalitarismos de izquierdas. Sectores eclesiásticos jugaron un papel
muy importante de apoyo a partidos comunistas y a la ETA. En Cataluña,
los nuevos nacionalistas aprovecharon la creciente tolerancia del
régimen para practicar lo que, exagerando, llamarían luego "resistencia
cultural". Resistencia molesta para el franquismo, aunque no demasiado, y
en general consentida, salvo por golpes represivos menores. La
preocupación básica del régimen eran los comunistas, mucho más efectivos
y organizados, y el nacionalismo catalán se articuló en buena medida,
ya en los años 70, en torno a la Asamblea de Cataluña, dirigida por el
PSUC, la sección más stalinista del PCE, la más reacia a abandonar el
leninismo.
El fenómeno de la colaboración de católicos y totalitarios marxistas,
crucial en el desarrollo político posterior de España, siguió un camino
especial en el País Vasco. La resistencia del PNV al franquismo tuvo tan
poca relevancia como la de los nacionalistas catalanes, pero allí la
colaboración no siguió el modelo de Cataluña, sino que se plasmó en la
formación de ETA, también en la época aperturista de la dictadura. La
ETA tenía una doble raíz, peneuvista (cristiana) y marxista, y optó
enseguida por el terrorismo, como medio para provocar un incremento de
la represión que movilizara a las masas, según la conocida espiral
"acción-represión-más acción". La ETA gozó durante muchos años, incluso
bien entrada la democracia, del apoyo, o al menos la simpatía, de casi
toda la izquierda, de amplios grupos del clero, no solo en Vasconia
–donde continúa–, y de la muy importante protección de hecho dispensada
por el estado francés. El PNV, aunque renuente en unos momentos y
temeroso en otros, vio en el terrorismo un instrumento útil para sus
fines, y su política general al respecto puede definirse como de
connivencia cautelosa. Este conjunto de circunstancias favorables ha
hecho de la ETA un factor de considerable peso en la historia española
reciente.
Por lo tanto, bajo el régimen de Franco los nacionalismos tradicionales
fueron básicamente inoperantes, sus raíces con el pasado se debilitaron
en Vasconia y casi desaparecieron en Cataluña. Los nuevos nacionalismos
surgieron en buena medida de la colaboración cristiano-marxista, o
tomaron de ella rasgos novedosos, incluyendo el terrorismo o el respaldo
a éste. Novedad en parte, pues ya antes de la guerra el nacionalismo
catalán apoyó en varios momentos al terrorismo ácrata, recibiendo a
cambio el apoyo de la CNT en momentos decisivos como las elecciones de
1931 y 1936.
Muerto Franco en 1975, los partidos se reorganizaron a toda prisa y, al
calor del cambio, varios lograron fuerza de masas. Quedaron hundidos
muchos grupos definitorios de la república, como los republicanos, la
Esquerra o
los anarquistas, y los comunistas y socialistas hubieron de abandonar
sus postulados marxistas o leninistas. La transición democrática salió
del propio franquismo, mediante la reforma, opuesta a la ruptura
pretendida por la oposición. El nuevo poder ofreció a los nacionalistas
estatutos muy superiores a los de la república, esperando diluir así sus
rasgos separatistas. Esa esperanza no se ha cumplido, y el problema se
ha agravado progresivamente.
Así, en el País Vasco existe hoy una situación próxima a la deseada por
Sabino Arana, de creciente fractura social y enemistad entre los
"buenos vascos", dóciles a una intensa propaganda no replicada durante
veinte años, y los demás vascos y españoles. Gran parte de la población
se siente amenazada, habiéndose cometido cientos de asesinatos y
viéndose forzados a emigrar miles de
malos vascos. El
terrorismo, en simbiosis con la política del PNV (expresada en la
célebre "recogida de nueces", de Arzallus), ha creado una situación que
limita o anula en la práctica las libertades y el estado de derecho.
En cuanto a Cataluña, el objetivo de hacer de España un simple nombre
geográfico ha avanzado. La propaganda nacionalista, no menos
omnipresente que la del PNV en Vasconia, y flanqueada a veces por la
violencia, ha difundido sentimientos de fractura que pueden conducir a
serias crisis en los próximos años. Los nuevos nacionalistas, de origen
más o menos democristiano, parecen más próximos a la tradición de la
Esquerra que a la de la
Lliga.
Han procurado imbuir a las nuevas generaciones una psicología
victimista y exclusivista, minimizando o desacreditando el carácter y la
tradición española de Cataluña, y aplicando una política similar a la
del franquismo, aunque al revés: proscribir el español común de los
ámbitos oficiales o reducirlo al máximo posible en la enseñanza, con el
pretexto de que "el catalán es el idioma propio de Cataluña", pese a que
el castellano es hablado normalmente por la mitad de la población. Etc.
En ambas comunidades se ha construido un fuerte entramado de intereses
económicos y políticos que neutralizan o amenguan la pluralidad y la
libertad de los ciudadanos.
Aunque una síntesis como ésta no permite entrar en detalles y matices,
puede afirmarse, como resumen, que los nacionalismos vasco y catalán han
crecido aprovechando las etapas de democracia o de libertades. Este
hecho no significa que hayan contribuido a la libertad política en el
conjunto de España o en sus respectivas comunidades, pues sus
concepciones y teorías básicas lo hacían muy difícil o imposible. Al
contrario, fomentaron en todo momento la fractura y el resentimiento
social, y socavaron el régimen de la Restauración primero, y luego la
República, mientras que bajo la actual democracia han establecido
sistemas clientelares y aplicado políticas cuyo peligro para las
libertades crece de año en año.
Por otra parte, aunque han utilizado siempre en su provecho el sistema
de libertades, tampoco han ayudado a traerlo mediante una oposición
seria a las dictaduras. En realidad, al socavar la Restauración y la
legalidad republicana, contribuyeron poderosamente a traer las
dictaduras de Primo y de Franco, y, una vez instaladas éstas, nunca les
ofrecieron una resistencia digna de ese nombre. La excepción de la ETA,
durante la época más suave del franquismo, no es tal, puesto que el
objetivo de esta organización, de ideas abiertamente totalitarias, en
ningún momento fue asentar la democracia, sino, por el contrario,
sabotearla, como por lo demás ha comprobado la historia.
Desde un punto de vista histórico general cabe interpretar estos
nacionalismos como intentos de invertir la tendencia unitaria española
prevaleciente desde hace 500 años – una vez superada la fragmentación
impuesta por la invasión islámica–, y de establecer sistemas no
democráticos. En cierto sentido los nacionalismos son un intento de
vuelta a la Edad Media, que redundaría en una especie de balcanización
de España.