MAREAS DE ODIO
Las caras de odio de quienes querían expulsar del hospital a una mujer en gravísimo estado han hecho añicos una confianza básica
UN grupo de unos cien «trabajadores de la sanidad» del Hospital
de La Paz se manifestaron ayer en contra de la presencia en este centro de
Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, gravemente
herida en un accidente de motocicleta dos días antes. Los cien «batas blancas»
exigían a gritos que Cifuentes fuera trasladada a un centro hospitalario privado
por su supuesta hostilidad a la sanidad pública. Si a Cristina Cifuentes la
hubieran llevado a un centro privado habrían salido con seguridad a poner el
grito en el cielo estos mismos u otros sindicalistas que no estuvieran demasiado
ocupados en malversar fondos. Y habrían dicho que no acudía a la pública porque
la sabía degradada por los «recortes del PP».
Da igual recordar que Cifuentes como su partido no están contra la sanidad
pública sino por la privatización de su gestión para garantizar su viabilidad.
Da igual reiterar que la gestión privada que se lleva a cabo en Madrid se hizo
en hospitales de Andalucía y Cataluña, y que ni socialistas ni sindicalistas se
irritaron mucho. Es inútil recordar que Cifuentes paga la sanidad pública como
todos los que trabajan en España y tiene pleno derecho a ella. Más que algunos
agitadores, que claman por la pública, pero no pagan impuestos en España y paren
en las clínicas privadas más caras en California o Madrid. Tiene derecho a esa
sanidad pública Cifuentes y es plena defensora de la misma como siempre, en
todas sus afirmaciones, ha subrayado. Más que muchos hipócritas que salen de
«marea blanca» cuando pueden compatibilizarlo con su rentabilísimo baile entre
pública y privada, mañana y tarde, y cómodas sinergías resultantes.
Pero las mareas blancas y de colores varios, para intentar sabotear las
reformas necesarias de un Gobierno electo, no funcionan como esperaban sus
agitadores, cada vez más frustrados y fanatizados. Eso produce odio,
especialmente en sectores en los que los diez años de revanchismo de Zapatero
han dejado renovado el rencor histórico sectario. Un rencor que durante más de
un cuarto de siglo creímos superado para siempre. Quizás la aportación más
trascendente de Zapatero a la historia de España, más allá de la ruina y la
traición, haya sido su exitosa dinamitación de la reconciliación nacional. En
todo caso, en la izquierda.
En España se han roto diversos muros de contención que son necesarios para la convivencia civilizada en un país desarrollado. El de la vergüenza se rompió hace tiempo. Ahora se rompe el del odio organizado. La izquierda, impotente ante los nuevos retos económicos y sociales, vuelve a sus peores orígenes. Los socialistas, que jamás hicieron oposición seria a Franco, se la hacen ahora. El enemigo además es el PP y es el mal absoluto. Esos jóvenes, adoctrinados con los mensajes del odio de los tomasgómez políticos y los televisivos
En España se han roto diversos muros de contención que son necesarios para la convivencia civilizada en un país desarrollado. El de la vergüenza se rompió hace tiempo. Ahora se rompe el del odio organizado. La izquierda, impotente ante los nuevos retos económicos y sociales, vuelve a sus peores orígenes. Los socialistas, que jamás hicieron oposición seria a Franco, se la hacen ahora. El enemigo además es el PP y es el mal absoluto. Esos jóvenes, adoctrinados con los mensajes del odio de los tomasgómez políticos y los televisivos
guayomines o evahaches, ya no ven compatriotas en el PP. Ni
siquiera semejantes. Ven enemigos. Por eso se alegran del accidente de Cifuentes
y de cualquier desgracia del enemigo. La realidad de la reforma de la sanidad no
les interesa. Pero es allí donde movilizan el miedo total, por la supervivencia
frente al enemigo. Que los quiere matar. Quitándoles su mayor bien, la sanidad
pública, es decir, la vida. Es una mentira perfecta y eficaz. Es lo más cercano
a una guerra civil que son capaces de organizar. Es política con la muerte
física presente. Dicen que todo el personal médico de La Paz cumple con su
deber. Las caras de odio de quienes querían expulsar ayer del hospital a una
mujer en gravísimo estado han hecho añicos una confianza básica. Irreparable si
tan deplorable acto quedara impune.
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